El aire se quedó atrapado en mi garganta. Las palabras de mi otra yo golpearon mi pecho como si fueran piedras pesadas.Miré a Alexander, que estaba a mi lado. Él seguía de pie, con la cara seria y esa mirada gris que siempre me hacía sentir mil cosas a la vez.—¿Es verdad lo que dice? —le pregunté, con la voz temblando tanto que apenas pude articular—. ¿Tú mataste a mi padre?Él no me miró a los ojos. Bajó la cabeza, y sus manos inmensas, las que tantas veces me habían acariciado con ternura, se cerraron en puños tan apretados que le blanquearon los nudillos.—No es tan simple, Emma —dijo él con su voz profunda, ronca y cargada de un dolor que me dio ganas de llorar.Mi corazón latía muy rápido, ¡tum, tum, tum, tum!, como si estuviera a punto de romperse en mil pedazos. Sentí un vacío en el estómago, un hueco negro que me succionaba la esperanza.—¡Dímelo de una vez! —grité, dándole un empujón en el pecho duro—. ¡Mírame y dime que no eres un asesino!La otra yo, la que estaba ahí con
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