El espacio entre nosotros se había vuelto una zona de guerra, una frontera invisible donde las palabras habían dejado de tener sentido. La aceptación de Kyler a mi advertencia de que nada cambiaría no había traído paz; al contrario, había encendido una mecha que ambos sabíamos que terminaría en una explosión. Él no me soltó. Al contrario, me atrajo hacia la cama, donde la madera crujió bajo nuestro peso, un sonido seco que se perdió en el denso silencio de la casa escondida.No hubo ternura en sus movimientos, ni tampoco la frialdad mecánica del gigoló que solía ser. Había una urgencia casi salvaje, una necesidad de marcar, de poseer y de ser poseído, de borrar por un instante los nombres de nuestros demonios. Cuando me recostó sobre las sábanas, su mirada era un incendio, una mezcla de adoración y odio que me provocaba un vértigo insoportable.Kyler bajó, sus labios y su lengua recorriendo el camino de mi cuello, bajando por la curva de mis pechos, provocando escalofríos que me recor
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