Oficialmente, la guerra había comenzado. Carlota y Marcos Jr. no estaban dispuestos a aceptar que una completa desconocida como yo fuera la heredera universal de su padre, así que iban a hacer hasta lo imposible por sacarme de esa mansión, como si yo fuera un mueble viejo, roto y estorboso. Un día, mientras me miraba fijamente en el espejo de mi tocador, contemplando las ojeras que la tensión me estaba provocando, decidí hablarme con la verdad: «A ver, Juliana, ya estás metida en esto hasta el cuello, así que ahora no puedes dar marcha atrás ni permitir que te traten como a una ladrona. Fue don Marcos quien quiso que las cosas fueran así; tú no lo obligaste, ni le pusiste una pistola en el pecho para que firmara ese testamento. ¡Así que, si ellos quieren guerra, guerra tendrán!». A partir de ese instante, decreté un cambio de reglas en mi mente: eran ellos los que debían empezar a cuidarse de mí, y no yo de ellos. No iba a ser la víctima de su ambición. Unas horas después, mientras
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