Rodrigo manejó sin rumbo fijo durante varios minutos, con la mirada desorbitada y el pánico empezando a nublarle el juicio. Al darse cuenta de que las avenidas principales pronto estarían vigiladas, desvió el auto hacia las afueras de la ciudad. Finalmente, se detuvo en un terreno baldío, un lugar desolado, rodeado de maleza alta y escombros, donde nadie pudiera escuchar lo que estaba por suceder.
Apagó el motor, dio la vuelta al carro y abrió la puerta del pasajero con una violencia desmedid