Rodrigo descargaba toda su furia sobre ella sin un poquito de compasión. Le gritaba con voz ronca, exigiéndole que se sometiera, obligándola a tener relaciones mientras la sujetaba con brutalidad. —¡Eres mía, Gabriela! ¡Mía para siempre! —le siseó violentamente al oído, pegando su rostro al de ella—. Métetelo en la cabeza: jamás vas a poder ser feliz lejos de mí. Yo soy tu única razón de existir. Yo soy lo único que debes amar en tu maldita vida. Gabriela soportó el ultraje en silencio, con los ojos fijos en el techo y las lágrimas rodando por sus mejillas, deseando con todas sus fuerzas desaparecer de ese lugar. En cuanto el monstruo terminó de saciar su ego y su lascivia, la soltó con desprecio y se dio la vuelta en la cama. Liberada de su peso, Gabriela se levantó a toda prisa, temblando por la humillación. Corrió hacia el baño, entró y cerró la puerta pasándole el seguro con desesperación. Con las manos torpes por el llanto, abrió la llave de la ducha, se metió debajo del ag
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