Gabriela de repente pensó en sus padres. Se quedó sentada en la orilla de la cama del hotel y sintió un frío amargo en el cuerpo. Conocía muy bien a Rodrigo y sabía perfectamente de lo que era capaz cuando se sentía acorralado. Sabía que él no se iba a quedar quieto y que lo primero que haría sería desquitarse con su familia. Con las manos temblorosas, tomó el teléfono de la habitación y marcó el número de su casa.
En cuanto el teléfono sonó del otro lado, su madre contestó de inmediato. Al e