La noche se hizo eterna en el penthouse. Joaquín no durmió. No pudo. Las imágenes de las fotos se repetían en su mente como un disco rayado: Mara con Sebastián, las manos entrelazadas, los rostros cerca, el abrazo, el beso. Cada vez que cerraba los ojos, las veía. Cada vez que los abría, las imaginaba.
Después de que Mara se fue a su habitación, él se quedó en el gimnasio. No se movió de la banca donde estaba sentado. La cabeza gacha, las manos colgando, el corazón hecho pedazos. Las pesas segu