La tarde caía sobre la ciudad cuando la moto de Luna se detuvo frente al estacionamiento donde Joaquín había dejado su BMW horas antes. El sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados que se reflejaban en el asfalto aún caliente. No habían pasado tantas horas desde que salieron de la cascada, pero a Joaquín le parecía una eternidad. El tiempo se había vuelto líquido, resbaladizo, imposible de medir.
Luna apagó el motor. El silencio fue abrumador