El sol comenzaba a declinar cuando Joaquín aún permanecía en el estacionamiento de la pista privada, con la cabeza apoyada en el volante de su BMW, los ojos cerrados, el corazón aún latiendo al ritmo de la carrera que había terminado horas atrás. El cuerpo le dolía. Las piernas le temblaban. Las manos le sangraban. Pero nada de eso se comparaba con el vacío que sentía en el pecho desde la noche anterior, desde que vio las fotos, desde que su mundo se derrumbó.
No había vuelto al penthouse. No p