La carpeta gris estaba sobre la mesa burlandose de nosotros.Era una carpeta. Solo una carpeta. Cartón gris, bordes un poco gastados, una etiqueta vieja en la esquina y ese aire de cosa aburrida que podría guardar recibos, facturas o documentos médicos que nadie quería leer. Pero no. Esa carpeta guardaba un pedazo de mi vida. O varios. Porque con Renata nunca era solo una maldad. Era combo, paquete familiar, promoción dos por uno: carta robada, carta falsa y trauma gratis.Salvatierra estaba frente a nosotros, con cara de hombre que acababa de darse cuenta de que su bata blanca no lo hacía menos sucio. Damián estaba a mi lado, rígido, pálido, mirando la carpeta como si le diera miedo tocarla. La investigadora seguía tomando fotos, registrando todo, cuidando cada movimiento como si la carpeta fuera una bomba. Y tal vez lo era. No hacía ruido, no tenía cables, no venía con cuenta regresiva, pero podía explotar igual.—Renata no solo guardó la carta —había dicho Salvatierra—. La respondi
Leer más