—¿De qué están hablando? —inquirió Erick. Sus pupilas, tan incisivas como las de un halcón, apresaron de inmediato a Mary, clavándose en la expresión de zozobra y en el semblante lívido que su consorte no lograba camuflar.Elena y Mary se sobresaltaron en el acto. La imprevista irrupción de Erick, cual espectro en el umbral, provocó que el torrente sanguíneo de ambas pareciera detener su curso. El corazón de Mary golpeaba con tal vehemencia que le causaba una opresión dolorosa en el pecho.«¿Habrá escuchado Erick nuestra deliberación? ¿Estará al tanto de la existencia de la criatura?», conjeturó Mary en su fuero interno, invadida por un pavor extremo que apenas le consentía respirar.Al advertir que su nuera permanecía petrificada por el pánico, Elena, quien poseía un vasto bagaje en el arte del fingimiento, se interpuso de inmediato para salvaguardar la situación. Irguió la espalda y adoptó un semblante de fingida indignación con el único fin de gobernar una coyuntura que amenazaba c
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