En el interior de la alcoba iluminada por los primeros destellos de la mañana de Nueva York, Elly permanecía de pie frente al monumental espejo. Se desplazaba con zozobra de izquierda a derecha, corrigiendo su estampa, la cual percibía ajena. Se sentía un tanto incómoda al lucir un atuendo de tal formalidad.Desde la pequeña silla del comedor dispuesta en un ángulo de la estancia, Félix examinaba cada uno de los movimientos colmados de aprensión de su madre.—Mamá, ya te ves muy hermosa —articuló Félix, disipando el silencio. El pequeño era capaz de percibir la agitación de su madre, por lo que le obsequió la más genuina de sus sonrisas.Elly giró sobre sus talones, contemplando a su único vástago con una sonrisa forzada, camuflando el frenesí que le sacudía el pecho ante su primer día de labores.—¿De verdad lo crees, Félix? Mamá acaba de adquirir esta prenda y desconoce por completo las tendencias de vestimenta ejecutiva que imperan en la actualidad —confesó Elly, exteriorizando sus
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