El silencio dentro de la camioneta era intenso. Taylor conducía con los ojos fijos en la carretera. Apretaba las manos con tanta fuerza que se podían ver los nudillos blanquecidos alrededor del volante. La mandíbula estaba rígida y su respiración era pesada.
Lila estaba sentada en el asiento del pasajero con las piernas cruzadas; el vestido rosa subía peligrosamente por encima de los muslos en cada curva. Mantenía la barbilla en alto, pero los ojos le ardían. De rabia, de orgullo, de algo que a