Las puertas de cristal del ascensor privado se abrieron directamente en el interior del lujoso penthouse de Emma. No hubo preámbulos, ni palabras, ni un solo segundo de titubeo. Entraron al apartamento en medio de un beso apasionado, hambriento y torpe, devorándose los labios mientras Alan empujaba a la ejecutiva contra la pared del recibidor. El sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas quedó sepultado por las respiraciones agitadas y los jadeos de una lujuria que se había cocinado a base