Emma continuaba apoyada contra el capó de su imponente automóvil deportivo de lujo. Tenía el cabello ligeramente alborotado, un par de mechones rebeldes cayéndole sobre el rostro, y sostenía la botella de champaña casi vacía con una familiaridad peligrosa. Su vestido de diseñador lucía un tanto desalineado. Al notar los pasos pesados del secretario, la ejecutiva alzó la cabeza lentamente, clavando en él una mirada nublada. Soltó una risa floja, una carcajada seca que arrastraba las palabras de