Ante la mirada gélida y amenazante de su jefe, la mente de Alan trabajó a contrarreloj para salvar la situación, aunque la humillación ya comenzaba a teñirle el cuello de rojo. El asistente dio un paso atrás, forzando una postura sumisa, y carraspeó para recuperar la voz.
—Señor Riva... disculpe la intromisión —articuló Alan, tratando de mantener la compostura—. Vine a traer la rescisión del contrato. Consideré que, dada la naturaleza del evento de esta noche y su decisión de presentar formal