Bianca sintió que las cuadras que separaban la parada del autobús de la casa de Lola fueron las más largas y asfixiantes de su vida. Caminó con la cabeza gacha, escondiendo el rostro tras unas enormes gafas de sol, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Al llegar al desgastado edificio de apartamentos, subió los escalones casi sin aire y golpeó la puerta con los nudillos temblorosos. En cuanto la puerta se abrió y la silueta familiar de Lola apareció en el umbral, la armadura de Bianca se hizo añicos. Se desmoronó por fin. Soltó un sollozo desgarrador que traía atorado en la garganta desde la mañana y se arrojó a los brazos de su amiga, llorando con una fuerza que le sacudía todo el cuerpo. Lola, completamente impactada y preocupada, la arrastró hacia el interior del pequeño apartamento, cerró la puerta con el pie y la sostuvo con firmeza, preguntándole una y otra vez qué estaba pasando, qué le habían hecho. Entre lágrimas, hipidos y con la voz entrecortada, Bianca se sentó
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