Bianca no tardó más de quince minutos en la ducha. El agua caliente le alivió los músculos resentidos por la golpiza, pero la verdadera medicina era la adrenalina que le corría por las venas. Al salir, se colocó una bata de seda oscura, se secó el cabello a medias dejando que cayera de forma rebelde sobre sus hombros y esperó el momento exacto. Sabía perfectamente que, en cuanto Alessandro se distrajera en su despacho revisando los correos pendientes, Alan buscaría la forma de abordarla.
Y no