El silencio en aquella habitación se podía cortar con el filo de un cuchillo. Alessandro Riva se quedó de pie junto a la puerta abierta, con una mano apoyada en el marco de madera de caoba y el cuerpo tenso, recortado contra la luz del pasillo. Su mirada, un torbellino de gris acero, la recorría de arriba abajo con una mezcla indescifrable de reproche absoluto, amargura y una necesidad contenida, casi salvaje, que lo estaba matando por dentro desde el momento en que la estrechó en el pasillo del hospital. Sin embargo, su postura era rígida, distante, desprovista de cualquier rastro de la calidez que Bianca tanto añoraba en secreto. —Las cosas van a ser así a partir de ahora, Bianca —dijo él, rompiendo la quietud con esa voz de negocios, fría y que solía usar en las juntas de la empresa cuando quería ocultar que se le estaba partiendo el alma en mil pedazos—. Tu salud, la evolución de tu anemia y el bienestar del niño son lo único que se discutirá en esta casa. No hay un "nosotros",
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