El reloj de pared de la oficina de Emma marcaba las dos de la tarde, la hora pico del movimiento en la empresa. Al otro lado de la imponente puerta de madera fina, el murmullo de los teléfonos, los pasos apresurados de las secretarias y el constante abrir y cerrar del ascensor creaban un recordatorio ensordecedor de que el mundo corporativo seguía girando a máxima velocidad. Sin embargo, dentro de las cuatro paredes del despacho de Emma, el tiempo parecía haberse congelado en una calma fictici