La mansión Riva, con sus techos altísimos y sus pasillos de mármol frío, siempre había parecido una construcción diseñada para empequeñecer a quienes la habitaban. Para Bianca, que llevaba días sintiendo cómo el mundo se volvía un lugar borroso, la gran escalinata central se había convertido en su particular Everest. La anemia, alimentada por los nervios, y el peso constante de la vigilancia de Alessandro, le estaba pasando factura. Esa tarde, el aire le faltaba. Cada peldaño le resultaba una tarea titánica. Bianca se apoyó en la barandilla de hierro forjado, con la vista nublada por un baile de estrellas negras. El sonido de sus propios latidos le golpeaba los oídos como un tambor lejano y distorsionado. Intentó dar un paso más, pero el suelo bajo sus pies, antes firme, se convirtió en una balsa de mercurio. Sus rodillas cedieron. Fue en ese preciso instante cuando la puerta del despacho de Alessandro, en la planta baja, se abrió. El magnate salió, el semblante serio y sumergido
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