—¡Cálmate! Voy a averiguar dónde están. No sé por qué mi madre hizo esto, pero tu hija va a estar bien. Ella no haría daño a una niña… ni siquiera le interesa.La frase salió de Aníbal con un intento evidente de control, aunque su voz ya mostraba tensión.Elise lo miró como si no lo reconociera.Su respiración era rápida, entrecortada. Tenía los ojos enrojecidos, el cabello ligeramente desordenado por la carrera, y las manos cerradas en puños.—¿Y entonces por qué? —preguntó con la voz rota—. ¿Por qué alguien entra a una casa con hombres armados y se lleva a una niña?Aníbal apretó la mandíbula.—Es solo una…tonteríaSe detuvo un segundo, como si buscara la palabra correcta, pero la rabia lo traicionó.—Tu hija no es tan importante para ella, ni para mí, solo es… ¡La prueba de tu infidelidad!Elise no esperó más.La bofetada resonó en el pasillo como un estallido seco.El impacto hizo que Aníbal girara apenas el rostro. Lentamente, llevó la mano a su mejilla, más sorprendido que herido
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