—¡Cálmate! Voy a averiguar dónde están. No sé por qué mi madre hizo esto, pero tu hija va a estar bien. Ella no haría daño a una niña… ni siquiera le interesa.
La frase salió de Aníbal con un intento evidente de control, aunque su voz ya mostraba tensión.
Elise lo miró como si no lo reconociera.
Su respiración era rápida, entrecortada. Tenía los ojos enrojecidos, el cabello ligeramente desordenado por la carrera, y las manos cerradas en puños.
—¿Y entonces por qué? —preguntó con la voz rota—. ¿P