El señor Mayer no tardó en llegar.El sonido de sus pasos en el pasillo del hospital se sintió más pesado de lo habitual, como si ya supiera que no estaba entrando a una simple consulta médica, sino a una decisión que rozaba lo ético.Cuando entró a la habitación, se detuvo un segundo al ver a Omar Al-Sabah.El hombre seguía conectado a las máquinas, pero su mirada estaba despierta, afilada, demasiado consciente para alguien en su estado.—Por favor… —dijo Mayer con tono controlado—. Samyra, déjanos a solas.Samyra dudó. Su mirada pasó de uno a otro, como si supiera que cualquier decisión aquí iba a romper algo que no podría repararse fácilmente.Finalmente, asintió en silencio y salió.La puerta se cerró. Y el aire cambió.Omar se incorporó apenas, lo suficiente para enfrentar al hombre. Con esfuerzo, se retiró la mascarilla de oxígeno.—Teníamos un trato, señor Mayer —dijo con la voz baja, pero firme—. Creí que era un hombre de palabra.Mayer bajó la mirada un instante. No por culpa,
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