La rutina de la ciudad continuó con su ritmo implacable, ajena por completo al vuelco que había dado mi mundo. Sin embargo, para mí, los días se convirtieron en una sucesión de horas lentas, densas y plomizas, como si el tiempo se hubiera quedado congelado en el instante exacto en que escuché el eco seco del portal al cerrarse a mi espalda. Mi vida seguía aparentemente ahí, intacta en la superficie: las clases en la facultad de Derecho por las mañanas, los apuntes acumulados sobre el escritorio que repasaba sin ver, y la perspectiva de los turnos de fin de semana en el Malibú. Pero la grieta que nos separaba a Ben y a mí era mucho más honda que cualquier distancia física. Era el abismo de un silencio absoluto que me calaba hasta los huesos.Ben estaba cumpliendo su promesa con una disciplina militar, una fijeza implacable que me estaba destrozando los nervios día a día. *«El tiempo lo marcas tú»*, me había dicho en la penumbra del coche, con la mirada perdida y la voz completamente ro
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