Pasó un mes. Un mes entero que se sintió como un siglo de agonía silenciosa, en el que el mundo exterior continuó girando con su ritmo implacable a pesar de mi naufragio emocional. Tenía que seguir con mi día a día, arrastrando los pies por las calles y cumpliendo con las obligaciones automáticas mientras mi propia vida carecía de cualquier tipo de orden. Sin embargo, poco a poco, a fuerza de pura repetición y cansancio, el dolor agudo de las primeras semanas comenzó a mutar en una especie de a