Nos quedamos por un buen rato abrazados en mitad de la penumbra del almacén, rodeados por el olor penetrante del cartón húmedo, el cristal y el alcohol de las cajas de licores apiladas. No dijimos nada; las palabras habrían resultado demasiado frágiles para sostener el peso de lo que acababa de ocurrir en la barra. La fuerza de sus brazos era lo único que me mantenía unida al suelo, impidiendo que el temblor violento que aún sacudía mis rodillas me hiciera desmoronarme. Me hundí en su pecho, as