Entrar en el segundo mes de mi extraña amistad con Adrián trajo consigo una calma diferente, una especie de armadura ligera que me permitía respirar sin sentir que el pecho se me partía en dos a cada segundo. Adrián era como un soplo de aire fresco en mitad de un invierno eterno. No me hacía preguntas difíciles, no cargaba con fantasmas en camas de hospital ni escondía nudillos ensangrentados en los bolsillos de su chaqueta. Con él, la vida era simple, predecible y luminosa: cafeterías con olor a canela, debates absurdos sobre estructuras arquitectónicas que yo apenas comprendía y paseos bajo el sol de la tarde que lograban mantener a raya mi propio pasado.Sin embargo, la verdadera prueba de fuego seguía esperándome cada fin de semana tras las puertas del Malibú.Aquel sábado, la discoteca estaba abarrotada hasta el límite. El aire era espeso, impregnado de humo, sudor y el aroma dulzón de los licores que yo preparaba de manera automática. Estaba de pie detrás de
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