El aire acondicionado del Malibú funcionaba a máxima potencia, pero no lograba disipar el olor a laca, tabaco flotante y alcohol derramado que caracterizaba el inicio de cada noche. Me abroché el último botón del chaleco negro frente al espejo del vestuario, ignorando las ojeras que el corrector apenas lograba camuflar. La calidez del chocolate caliente y la risa limpia de Adrián se habían evaporado en el instante en que crucé el umbral de la discoteca. Al salir al pasillo principal, el sonido