La rutina de la ciudad continuó con su ritmo implacable, ajena por completo al vuelco que había dado mi mundo. Sin embargo, para mí, los días se convirtieron en una sucesión de horas lentas, densas y plomizas, como si el tiempo se hubiera quedado congelado en el instante exacto en que escuché el eco seco del portal al cerrarse a mi espalda. Mi vida seguía aparentemente ahí, intacta en la superficie: las clases en la facultad de Derecho por las mañanas, los apuntes acumulados sobre el escritorio