El sábado amaneció envuelto en una densa niebla invernal, de esas que desdibujan los contornos de los edificios y obligan a la gente a caminar deprisa, con las manos hundidas en los bolsillos. Para mí, sin embargo, el ritmo del reloj se había vuelto traicionero. Cada hora que avanzaba me acercaba irreparablemente a las once de la noche, el momento exacto en que tendría que cruzar las puertas del Malibú y ponerme la máscara de indiferencia frente a Ben. La ansiedad flotaba en mi estómago como un