Han pasado varios días desde que rompí la ley del silencio con aquel mensaje desesperado de texto. Días que se han arrastrado con una crueldad infinita, y sigo sin tener la más mínima noticia de Ben. La pantalla de mi móvil sigue siendo un desierto helado. Tampoco ha aparecido por el Malibú para supervisar los turnos de la semana, y su ausencia prolongada se ha transformado en un vacío enorme, una presencia invisible que parece devorar el aire viciado de la discoteca. Ben parece haber desaparec