26. Delirios de una Alianza
Zahra salió de la habitación, dejando tras de sí el aroma del licor de leche y una amenaza que resonaba en las paredes de piedra. Amir se quedó solo, sabiendo que la guerra ya no estaba en el horizonte, sino dentro de sus propias fronteras. La paz del desierto pendía de un hilo, y el precio de proteger a Elena estaba a punto de volverse impagable. Amir permaneció inmóvil, una estatua de granito en medio de la penumbra de su despacho. Sus ojos no se apartaron de la puerta por la que Zahra acababa de salir, pero su rostro no traicionó ni una sola emoción. En el implacable código de los Al-Hadid, mostrar enojo era mostrar una grieta, y mostrar amor era entregar el arma con la que te degollarían. Él era el desierto, vasto, silencioso y letalmente inescrutable. Nadie, ni siquiera la mujer que ahora ocupaba cada uno de sus pensamientos, sabría el fuego que rugía bajo su piel. Mientras el Emir calculaba cómo neutralizar al clan de Zahra sin derramar sangre innecesaria, en el ala oeste de
Leer más