El silencio de la parroquia solía ser mi refugio, el único rincón del mundo donde el ruido de mis propios pensamientos se apaciguaba.Al entrar me desabotoné el cuello clerical con dedos torpes, sintiendo que la prenda me asfixiaba. Me ahogaba una sensación densa, oscura y punzante que se me colaba por debajo de la piel.Al cerrar los ojos, volvía a ver las luces de cristal, a escuchar la música de fondo y, sobre todo, la veía a ella. Atenea. Su imagen flotando en la pista de baile, envuelta en la falsedad de ese ambiente, atrapada en los brazos de Julián Lombardi, me perseguía con una nitidez aterradora.—No Lucio —susurré en la oscuridad, con la voz ronca, intentando convencerme a mí mismo—. Es solo compasión cristiana.Necesitaba que fuera compasión. Necesitaba creer que la opresión en mi pecho era el santo deber de un pastor que ve a una de sus ovejas descarriarse, entregándose voluntariamente a los lobos que la destruirían.Pero Dios lo ve todo, y no estaba mintiendo. No eran cel
Leer más