La semana transcurrió entre hospitales y cafés. Lucía iba cada tarde a ver a Alejandro —conversaciones cortas, silencios largos, pero sin faltar un solo día— y Valeria la acompañaba, esperaba en el pasillo y, a veces, se encontraba con Gabriel.No hablaban de lo que sentían. No hacía falta.Pero aquel sábado, Lucía llegó a casa con una luz diferente en los ojos. Valeria la reconoció al instante: era la misma que ella había tenido a los diecinueve años, cuando creía que el amor lo podía todo.—Mamá, ¿puedo salir esta tarde?—¿Con Sebastián?—Sí. Quiere llevarme a conocer un lugar. Dice que es especial.Valeria sonrió, aunque algo le removió el pecho. Sebastián. Era solo un nombre. Un chico amable, según Lucía. No había razón para preocuparse.—Claro que sí. Pero vuelve antes de que anochezca. No quiero que te pierdas por ahí.—Mamá, ya tengo dieciocho años.—Y yo tengo la obligación de preocuparme igual. Es mi trabajo.— Lucía, antes de que te vayas, preguntaste el apellido de Sebastiá
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