En el Despacho del Doctor Rivas se había quedado en silencio. Valeria y Gabriel seguían abrazados, ella con los hombros temblorosos, él con una mano firme en su espalda.
—Tenemos que decirle —murmuró Valeria, separándose apenas para mirarlo a los ojos—. A Lucía. A Sebastián. A Camila. A Alejandro también, aunque le duela y pueda empeorar su salud.
—¿Empezamos por Lucía?
—Sí. Ella es lo más importante.
Gabriel asintió. Luego, con una decisión que le nacía del alma, tomó su teléfono.
—¿La llamamo