Sin embargo, una llamada lo cambió todo. Julián apretó el teléfono celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La respiración se le atascó en la garganta, ahogada por la de rabia e incredulidad. El hombre que aceptó hacer el trabajo sucio acababa de llamarlo para cancelar el trato. Se había echado para atrás, así de la nada, sin darle mayores explicaciones, cortando la comunicación de tajo.—¡Maldita sea! —rugió Julián, arrojando el teléfono contra la pared de la sala, destrozando el aparato en pedazos. El estruendo hizo que Valentina saliera de la biblioteca a paso apresurado, con el rostro tenso.—¿Qué te pasa, Julián? —preguntó su madre, alarmada al verlo respirar agitadamente, con los ojos desorbitados—. ¿Por qué estás gritando de esa manera? ¿Por qué maldices?Julián se pasó las manos por el cabello, tirando de las raíces, sintiendo que estaba a punto de perder la cabeza. La furia lo consumía por completo.—¡No hay una sola maldita cosa que salga bien este d
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