Annie fue rápidamente a la cocina, preparó un té caliente con miel para suavizarle la garganta irritada por el inhalador, y regresó a la sala con una manta suave que sacó de un armario. Le dejó la taza humeante en la mesa de centro y desdobló la manta, cubriéndolo con un cuidado casi reverencial. Ian ni siquiera se movió; el agotamiento lo había vencido en cuestión de minutos, arrastrándolo a un sueño profundo, pero esta vez, pacífico.Annie se sentó en silencio en la alfombra, justo al lado del sofá, abrazando sus rodillas. Se quedó allí, observando el perfil de aquel hombre dormido. Sin la tensión de estar alerta, sin la máscara de frialdad y sin el ceño fruncido, las duras facciones de Ian se relajaron por completo. Lucía increíblemente joven. Lucía tan frágil.Mientras lo miraba respirar a un ritmo acompasado, Annie sintió que un nudo le apretaba la garganta. Ya no veía al multimillonario de siempre, ni al jefe de una de las compañia más importantes del pais, que la había acorral
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