Sin embargo, una llamada lo cambió todo. Julián apretó el teléfono celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La respiración se le atascó en la garganta, ahogada por la de rabia e incredulidad. El hombre que aceptó hacer el trabajo sucio acababa de llamarlo para cancelar el trato. Se había echado para atrás, así de la nada, sin darle mayores explicaciones, cortando la comunicación de tajo.
—¡Maldita sea! —rugió Julián, arrojando el teléfono contra la pared de la sala, des