—¿Qué haces? —quiso saber completamente sorprendida. Sin decir una palabra, las manos grandes de Ian bajaron hasta los tobillos de Annie. Con una delicadeza increíble, se ofreció a quitarle las zapatillas. Ella se quedó totalmente anonadada, paralizada por la sorpresa mientras el hombre le retiraba con suavidad el calzado de tacón. Pero Ian no se detuvo ahí. Con un movimiento natural y lleno de amabilidad, comenzó a acariciar y dar un ligero masaje en sus pies cansados, aliviando la tensión del día. Annie contuvo el aliento, sintiendo que el rostro le ardía de nuevo. Era una escena de un romance fabuloso y puro, aunque en ese instante, ninguno de los dos se atreviera a admitirlo en voz alta. Ambos intentaban convencerse de que era solo un acto de cortesía por haber estado enferma, pero la realidad de lo que empezaban a sentir estaba allí, en medio de la oscuridad, escondida detrás de sus propios miedos.—Se siente bien, ¿no? Deberías descansar. Ella ni siquiera podía hablar, la sit
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