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—¡Annie! —La voz de Ian se esuchó en la habitación a oscuras, cargada de un pánico que casi nunca experimentaba.

Avanzó a ciegas hasta tropezar con el borde de la cama. Su mente, acostumbrada a calcular los peores escenarios, le jugaba una mala pasada. Pensó que el sicario que Julián había intentado contratar de alguna manera había burlado la seguridad.

Se arrodilló junto al colchón y encendió la pequeña lámpara de noche. La luz tenue iluminó la figura de Annie, que estaba hecha un ovillo bajo
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