Hecha una furia, Valentina Coldman había salido del imponente edificio de Winchester pisando tan fuerte que sus tacones se escuchaban fuerte. Subió a su auto y condujo a toda velocidad por la ciudad, con el rostro desfigurado por una rabia ciega. Una vez que cruzó el umbral de su lujosa casa, sintió que la presión en su pecho iba a hacerla explotar.
No pudo contenerse más. Tomó lo primero que encontró en su camino —un valioso jarrón de porcelana que descansaba sobre una mesa de entrada— y lo ar