La tormenta llegó sin avisar, como llegan las cosas que ya no necesitan pedir permiso.Primero fue el viento, ese tipo de viento que no dobla las ramas sino que las quiebra, y luego la lluvia, horizontal y furiosa, golpeando los cristales de la sala de archivos con una insistencia que parecía personal. Valeria había levantado la vista del expediente tres veces antes de que Gael dijera lo que ambos ya sabían.—No vamos a poder salir esta noche.No era una pregunta. Era la constatación tranquila de alguien acostumbrado a que el mundo tome decisiones por él.La luz se fue diez minutos después, sin drama, sin parpadeo previo. Solo la oscuridad, completa y repentina, como una frase cortada a la mitad. Gael encontró una linterna en el tercer cajón que revisó —lo hizo con la seguridad de quien sabe dónde están las cosas incluso en los lugares que dice no conocer bien— y la apoyó sobre la mesa orientada hacia el techo, de modo que la luz se difuminara en el espacio sin herir los ojos. La habi
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