La tarde llegó con esa luz oblicua que tienen los días de otoño cuando no saben si quedarse o marcharse. Valeria dejó el sobre sobre la mesa de la residencia —esa mesa de madera clara que alguien había elegido sin preguntarle— y lo miró durante un momento antes de ir al baño a lavarse las manos, como si el papel pudiera transferirle algo que ya no llevara dentro.
Gael preparó la comida sin consultarla. Eso también era nuevo, o quizás no lo era: quizás ella simplemente había empezado a prestarle