La sangre no miente.
Valeria lo supo antes de que él dijera nada, antes de que cruzaran el umbral del apartamento y él cerrara la puerta con ese cuidado exagerado que tienen los hombres cuando intentan demostrar que no les duele nada. Lo supo por la manera en que apoyó el peso en el marco un segundo más de lo necesario, por la forma en que giró el cuerpo hacia la izquierda cuando debería haberlo girado hacia la derecha, por ese gesto pequeñísimo y casi imperceptible con el que se llevó la mano