La tormenta llegó sin avisar, como llegan las cosas que ya no necesitan pedir permiso.
Primero fue el viento, ese tipo de viento que no dobla las ramas sino que las quiebra, y luego la lluvia, horizontal y furiosa, golpeando los cristales de la sala de archivos con una insistencia que parecía personal. Valeria había levantado la vista del expediente tres veces antes de que Gael dijera lo que ambos ya sabían.
—No vamos a poder salir esta noche.
No era una pregunta. Era la constatación tranquila