La cicatriz seguía ahí cuando él entró a la sala, pero Valeria ya no la miraba. Miraba sus manos. Las suyas propias, que sostenían la taza de café con una firmeza que no sentía por dentro.
—Necesito que me expliques algo —dijo, y su voz sonó más tranquila de lo que había planeado. Eso la irritó. Quería que sonara como lo que era: una exigencia.
Gael se detuvo en el umbral. No era la primera vez que lo veía hacer eso, quedarse en el borde de las habitaciones como si necesitara una salida asegura