La cicatriz había dejado de ser una pregunta.
Ahora era una acusación.
Valeria la vio de nuevo aquella mañana, sin querer, cuando Gael se inclinó sobre la mesa de la cocina para alcanzar el café y la camiseta se levantó apenas lo suficiente. Una línea blanca y precisa, demasiado limpia para ser accidental, demasiado vieja para ser reciente. El tipo de herida que dejan quienes saben exactamente dónde cortar.
No dijo nada. Él tampoco.
Habían desarrollado ese idioma en los últimos días: el de los