Para el resto del mundo, la vida en la hacienda seguía su curso con una normalidad casi imperturbable. Los peones arreaban el ganado, el eco de los tractores resonaba a lo lejos y el vaivén diario de la producción llenaba cada rincón. Gabriel caminaba por los linderos con la frente en alto, vigilante y firme, convencido de que al haber desterrado a Petra había arrancado de raíz la maleza que amenazaba la paz y la felicidad de Emi.
Pero la realidad, agazapada entre las sombras de la frontera veci