La mirada de Gabriel en el comedor se podía comparar como la de un dragón a punto de atacar, pero a Eduardo parecía no importarle eso.
Sentado frente a Emi, Eduardo ignoraba por completo su plato de comida. Sus ojos estaban fijos en ella, brillando con una mezcla de prepotencia y diversión que rayaba en lo imprudente.
—Sabes, Emi —dijo Eduardo, bajando el tono de voz hasta que se volvió peligrosamente íntimo—, nunca me había fijado en cómo cambia el color de tus ojos con la luz de las velas. E